Para el año de 1901, existían dos grupos muy bien definidos; por un lado, en cada parroquia, los tenientes políticos nombraban de dos a cuatro gendarmes, quienes tenían derecho a cobrar al que los ocupase, hasta que pudieran ser pagados con rentas municipales; es decir, cada persona que usaba sus servicios pagaba un real por cada boleta. Los gendarmes, además, eran designados como agentes de la Policía de Orden y Seguridad, y darían origen a la Policía Civil Nacional.

Pero también existía el cuerpo de la Policía de Higiene y Salubridad, quienes siempre estuvieron a las órdenes directas del Cabildo y fueron pagados por este.

Posteriormente los llamados “Celadores Municipales”, mediante ordenanza No. 0015 del 20 de agosto de 1901, se les reglamenta dotándoles inclusive de uniformes ocupándose de las labores de higiene y seguridad.

Por este tiempo, los habitantes de la ciudad utilizaban en sus casas unas pequeñas aldabas —más conocidas como “chapas”— que se encargaban de dar seguridad y protección a las propiedades de lo ciudadanos; las personas se dieron cuenta que ellos cumplían la misma función, tanto con las personas como con sus bienes, y comenzaron a llamarles “chapitas de ronda”. En esa época era un alto honor ser llamado así, aunque en los últimos tiempos el término se ha transformado en un apelativo discriminativo y denigrante contra los uniformados.